Por Florencia Colacito
Hay una frase de Charles Bukowski en la que estuve pensando todo el día de hoy, agobiada por el clima y el mal humor en general: “La definición de la vida es problemas.” La mastiqué desde que me desperté, mientras pensaba en esos pequeños problemas que hacen que la vida, a veces, sea un lugar poco grato. Días donde el mundo te lleva completamente puesto y lo mejor que se puede hacer es mirar el piso. Hoy fue uno de esos días irreversiblemente irritantes, donde mejor sería esconderse bajo las sábanas y salir Cuando pase el temblor.

No se puede, ése es el chiste de la vida: la proporción de lo que uno quiere hacer contra lo que debe hacer es bastante menor. Hay posibilidades de elección, por suerte. En el medio de esta reflexión, me acordé de que la libertad de elegir la tenía a un botón de distancia, así que -encendido de iPod mediante- busqué canciones que aliviaran mi día y, por sobre todas las cosas, que hablaran por mí. Porque cuando uno tiene un nudo en la garganta, necesita de la voz ajena. Cuando nadie te habla, hace falta esa melodía que acompañe y que consuele.
Entonces busqué, entre gigas de música dispuesta a hablarme, y elegí: escuché los gritos que no me salen de Bend and Break de Keane, adherí al pedido de ayuda de Breakdown de Jack Johnson, R.E.M. me hizo pensar en ahogarme en notas con Find the River y me miraron con emaptía mientras movía el pie al ritmo de Bad Day. Fui hasta Nick Drake, pasé por Regina Spektor (“Will you feel better, better, better?”), saludé de lejos a Kate Nash y abrazé un rato a Ben Kweller. Si bien no estaba como en esos días donde bailo enérgicamente Scissor Sisters en pijama y en la intimidad de mi habitación, parecía sentirme un poco menos sola.
Recurrí a un hit que la gente se encargó de des-especializar, escuché Sing de Travis. Me calmé con el perfil más bajo de Bright Eyes en We Are Nowhere and It’s Now. Escuché la canción más triste que se me ocurrió para neutralizar la amargura, Joshua Radin cantó Winter. La ventana dejó pasar una brisa, pero no alcanzó. Consulté con los sabios, tuve largas conversaciones con Ziggy Stardust y hasta se filtraba Bowie; Morrisey me contó que “We hate when our friends become succesful” y yo asentí con la cabeza.
La realidad es que el mundo es un lugar horrible muchas veces. Es injusto, es desafiante; hay mala leche, gente odiosa, hace mucho calor, hay portazos y gente que nace para matar o morirse, sufrimiento constante, problemas pequeños o grandes, según donde uno se pare y los mire, hay dudas e incertidumbre, hay corazones rotos, pocos creen, hay poca ayuda, somos todos bastante egoístas. Mientras pensaba en esto, el shuffle seguía caminando y, como si nada, aparecieron texturas, sonidos y el viento empezó a ser cada vez más fuerte. Antes de darme cuenta, estaba escuchando el disco de The Bicycles, The Underdog de Spoon, Teddy Picker de Arctic Monkeys y la cabeza se me movía sola.
Respiré hondo y me acordé que si bien el mundo es horrible, es cambiable. Yo soy prueba viviente de ello. No encontré curas, ni salvé multitudes de hambrunas ni detuve tornados. Ni me salvó Chuck Norris de caer en un acantilado, ni volé sobre edificios. Pero a mí, unas cuantas personas que un día se pusieron a componer y a cantar me cambiaron el día. Lo vienen haciendo hace muchos días. Quiero decir meses, años, la vida entera.
Me acordé de otra frase de Bukowski que me reconfortó: “Hubo un poco de música; la vida parecía entonces un poco más agradable, mejor”. “Cuánta razón tenia” – pensé mientras ajustaba la vincha de los auriculares. Y seguí caminando, un poco menos ácida, con la frente un poco más alta, menos triste. El mundo seguía siendo igual de horrible y los gritos eran igual de estridentes, solamente que ahora no los podía escuchar.

