Por Florencia Colacito
“Pasa en la vida. Pasa en las películas”, reza una publicidad cuyo mensaje parece haberse incrustado en el fondo de mi cabeza, al igual que en varias otras. Algunos de nosotros, necesitamos pensar que nuestras historias son dignas de un equipo de filmación que las inmortalice en pantalla, que las ilumine adecuadamente y que -llegado el momento- la canción perfecta suene de fondo.
La música en las películas se convirtió en un punto de apoyo casi indispensable y capaz de lograr tanto que un film sea mejor, peor o recordado por el espectador. ¿Acaso hay algo más emblemático del género Western que todo el soundtrack de The Good, The Bad and The Ugly de Ennio Morricone? ¿No subimos las escaleras más rápido escuchando Eye of The Tiger de Rocky? ¿No nos estremecemos nadando en el mar si pensamos en la musiquita de Tiburón? ¿No nos sentimos invencibles y cancheros con el tema de Indiana Jones? ¿O nadie me va a decir que escuchando la flauta del tema de Titanic no pensó en abrir los brazos en la punta de un barco y gritar “Estoy volando” como un boludo?
Yann Tiersen – La Valse D’amelie
Yann Tiersen creó uno de los soundtracks más hermosos justamente para que cada vez que caminamos por la calle podamos sentirnos un poco más en la búsqueda ingenua del amor como Amelié. Seamos honestos, si tuvieramos que modelar un jarrón en barro, ¿no elegiríamos escuchar Unchained Melody de los Righteus Brothers en honor a Ghost? ¿Si vas caminando y en shuffle aparece la musica de Misión Imposible, no vas a sentir que hasta cruzar la calle con el semáforo en rojo es una aventura?
Yo me acuerdo de haber terminado el secundario pensando en Don’t You Forget About Me de la gran película estudiantina de John Hughes, Breakfast Club. Creo que nadie pudo volver a escuchar In Your Eyes de Peter Gabriel después de ver Say Anything sin pensar en el entonces jovencísimo John Cusack con el boombox sostenido sobre su cabeza, erguido y con mirada penetrante diciéndole sin palabras a la chica que amaba cúanto la amaba.
Ni escuchar la música de Edward Sccisorhands sin querer que caiga un poco de nieve. Desde los romances más clásicos como As Time Goes By en Casablanca hasta amores más modernos con Blondie y su Atomic en Trainspotting en el momento en que Renton divisa a Diane en la otra punta del salón. Ni hablar de la misma película inmortalizada con el monólogo de Ewan McGregor mientras se escapa corriendo al ritmo de Lust for Life de Iggy Pop.
Simple Minds – Don’t You Forget About Me
Estan todas estas canciones, la de El Padrino con Time of my Life de Dirty dancing, conviviendo en un cajón del inconsciente, pegadas a imágenes, sofocadas por sensaciones, aplastadas por la Marcha Imperial y Rocking Around the Christmas Tree cuando Kevin McAllister se queda solo en casa y trata de espantar ladrones con una fiesta fingida y una gigantografia de Michael Jordan, al lado del miedo de la ducha en Psicosis y la canción original de Jurassic Park.
Pero uno podría preguntarse, tranquilamente, porqué no apropiarnos de alguna canción que ande desperdigada por el mundo y convertirla en parte del soundtrack imaginario propio. ¿No nos acercaríamos más a una vida digna de un Oscar? ¿No serían nuestras vidas menos comunes? ¿No tendríamos esa diferenciación del resto que buscamos hasta agotarnos? No le deseo a nadie tener uno de esos momentos en los te das cuenta que no trabajás en la tienda de discos de Alta Fidelidad y Barry no entra bailando Walking on Sunshine, ni hay propuestas románticas con flores en mano y temas de Roy Orbison.
Falta todo lo que hace que una película dure dos horas y no justamente, toda la vida. Falta la edición, la supresión de tiempos muertos y escenas que no cambian la vida, falta que el clima y la luz ayuden, falta que suene lo que tendría que sonar para hacer todo más hermoso. Falta el “Fin” que no te muestre qué hacen dos personas después de encontrarse. Tal vez en eso haya algo mejor que en las películas. Después de todo, las historias vienen de algún lado. O tal vez sea cuestión de exorcizar ese fantasma que con el tiempo se vuelve agobiante y exige que nuestra historia sea única y se destaque de la vida real y sea un concepto original y filmable. Menos mal que esto, para hacer mi dia y mi vida menos aburridos, me recuerda la canción ideal para cazar fantasmas.

