Las armas secretas

November 15th, 2011

Por Bárbara Pavan

Cuando las mujeres no eran más que simples pop stars y Melanie Griffith era el símbolo de todo lo que es Girl Power con su secretaria ejecutiva, en 1988, las mujeres comenzaban a sentirse intranquilas mientras una tercera ola del feminismo pasaba demasiado tiempo debatiendo cuestiones filosóficas sobre el sentido del género y miles de ellas vivían situaciones agobiantes en el trabajo y en el hogar. Después de años de lucha, las mujeres aún seguían siendo un pedazo de carne, y esto aplica también a la música.

Después de la revolución sexual de Madonna, una movida más marketinera que musical, y que no dejó nada para el resto de las mortales, en los suburbios y ciudades abandonadas por la crisis económica del neoliberalismo en los Estados Unidos comenzaba a gestarse un movimiento hecho por y para chicas que preferían calzarse sus guitarras antes que jugar con la valija de Juliana Cocinera y planear la boda perfecta. Mientras que el grunge comenzaba a invadir las calles de Seattle y Kurt Cobain todavía era un adolescente, las armas secretas de las féminas empezaban a surgir entre los pliegues de sus overoles de obreras y sus vestidos de secretarias. Estaban podridas.

Así fue como en 1990, en la ciudad de Olympia, Washington (el mismo estado que acuñó Nirvana con sus sempiternas nubes y depresión), Kathleen Hanna, Tobi Vail, Kathi Wilcox y Billy Carren rompían los estereotipos (y las pelotas) de la población estadounidense. A caballito de letras confrontantes y presentaciones en vivo que seguramente habrán cambiado la vida de muchas jóvenes que las vieron por accidente, en algún tugurio de Estados Unidos, Bikini Kill se transformó en poco tiempo en uno de los exponentes que la prensa gustó en llamar “riot grrrl”, y que abrió las puertas para que las mujeres empezaran a abrir las mentes y las piernas.

Pero cinco años antes de eso, las chicas de L7 demostraron que el punk no solamente era cosa de hombres y que ellas también podrían aguantar los escupitajos de los fans. Tocaron con Nirvana, Pearl Jam, y con los Rage Against The Machine, quienes bien podrían haber aprendido de ellas el legendario coreo de “fuck you, I won’t do what you tell me”. La banda nunca realmente se separó, y estuvieron relativamente activas hasta 2001, pero la marca que dejaron en la escena era imborrable.

Muchas otras bandas siguieron el ejemplo de Hanna y Vail, quienes además tomaron en hombros todo el movimiento a través de la publicaciones de diferentes fanzines (ese formato tan popular en los ’90 y que ahora se desvaneció hacia la nada, gracias al poder de internet). Vail, la novia de Cobain por un breve período de tiempo, que igual sirvió para inspirar algunas canciones del brillante Nevermind, también formó parte de otras emblemáticas agrupaciones de girl punk de la época, liderando Doris y The Go Team. Hanna, por su parte, no tardó en “remodelar” la crew de Bikini Kill en Le Tigre, una agrupación que formó junto a Joanna Bateman ocho años después del nacimiento de su banda original.

Más adelante en el tiempo, también la troupe de Carrie Brownstein y Corin Tucker, Sleater-Kinney, pateó el tablero con menos actitud punk pero más experimentación alternativa. Brownstein sigue, a pesar de la “edad”, demostrando ser una eterna adolescente revoltosa en su nueva agrupación Wild Flag, que comparte con ex miembros de Helium. En 1995, y también en Washington, las Sleater-Kinney se asociaron al movimiento riot grrrl desde un costado menos distorsionado pero igual de provocador: estamos acá, tocamos mejor que ustedes y tenemos demasiado para decir.

Desde el feminismo desfachatado de Bikini Kill y el quiebre de las reglas de género de Le Tigre, pasando por la distorsión enojada de L7 y el compromiso más maduro de Sleater-Kinney, las chicas riot dejaron su impronta en la música moderna, un legado que muchas veces carece de reconocimiento. Así como el punk es un desafío al stablishment del capitalismo, el punk de mujeres es la reelaboración del patriarcado, que igualmente después terminó dejando estrellitas de cabotaje como Christina Aguilera, Mandy Moore, y otras, que eventualmente también rompieron las cadenas con los sellos que buscaban hacerlas de plástico.

Pero tanto el ethos como el pathos de las riot grrrls marcó el camino para que las mujeres interpretaran el rock como cuestionamiento. Aquel intento fallido de las Runaways, con la mítica Joan Jett a la cabeza (padrina, en cierto sentido, del movimiento), terminó convirtiéndose en un desastre marketinero que solamente dejó como herencia algunas historias anectódicas de drogas y I Love Rock and Roll. Las riot grrrls, por su parte, abrieron todo un debate feminista que aún se encuentra presente en la música moderna, no solamente por las canciones de las actuales bandas de sus líderes, sino también por las camadas de nuevas músicas independientes que tomaron su espíritu y se aventuraron a lo nuevo. Enhorabuena.

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