El anacronismo no existe

January 9th, 2012

Por Carla Fumagalli

Abrir un libro. Leer una oración magnífica. Leer dos horas. Tres. Sin parar. Sin respirar. Bajar un disco (notemos la actualidad del verbo). Escuchar el primer tema. El segundo. Una vez. Dos veces. Diez veces. Sin parar.

Cada artista tiene su seña particular, su marca; esa huella identitaria que le imposibilita el escapismo y la reinvención sin muertos. Cambiar el estilo que los hace lo que son es un gesto vacuo que no sólo desprestigia toda obra anterior, sino que también despotrica contra sus más vehementes seguidores. Es por eso que reconocer en cada músico o escritor, como oyente o lector, lo que a ellos (y a nosotros como parte de su obra) los hace únicos y unívocos, nos permite reconocer a los pocos segundos o pocos renglones que ése sí es el que conocemos, el que escuchamos, el que leemos con tanto deseo apresurado por enaltecer ante los demás lo que a nosotros nos supo conmover.

Sólo la repetición insistente brinda esa capacidad de reconocer la huella de una banda. The Black Keys estrenó su muy publicitado disco El Camino en diciembre de 2011. Comenzamos con un sonido que prepara la tierra para lo que más tarde vamos a tener el agrado y la sorpresa de cosechar. Es un reef que sienta las bases ideológicas de un disco que salió en el 2011 pero que se gestó a mediados de los ‘60. A ver, los muchachos de The Black Keys tienen treinta años, lo cual imposibilita que su disco haya visto la luz antes que ellos. Sin embargo, volviendo al trazo fino que cada uno inevitablemente encuentra en lo que repetidamente escucha o lee, el carril que sigue la música del dúo estadounidense es, a todas luces, el que nos lleva de vuelta a la década del rock psicodélico y progresivo. La fidelidad analógica que lograron conseguir en sus voces saturadas provoca, quizás en algunos oyentes más conservadores y en otros más exigentes en cuanto a la consecución temporal del arte, algunos pelos erizados como despertándose con el sonido de una alarma violenta y para nada inocente.

La discusión llegó a mis oídos por bocas protagonistas de la versión original: En la moda todo vuelve, pero ¿qué pasa con el resto del arte? El ciclo de la moda femenina dura unos concienzudos y bien contados diez años. En la literatura lo que se va, se va para no volver. Es decir, muere cuando su escritor faro lo hace. Hay épocas, claro, con más de un exponente. No podemos esperar que hoy alguien tenga la pluma afilada del mismo modo que Garcilaso, que escriba églogas, ni siquiera esperamos encontrar un soneto en un libro de poesía. La pregunta es ¿por qué? Quizás en la literatura el ciclo sea una órbita más extensa de recorrer. Lo que aún releemos unas mil veces son los juegos con el espacio en blanco de los surrealistas franceses de comienzo de siglo. Una máquina de coser al lado de un paraguas en una mesa de disección se ha convertido en un molde anquilosado para algunos poetas. Y eso de renovado no tiene más que las ganas. La renovación no debería pasar por hacer tabula rasa, sino por una utilización renovada de los infinitos recursos existentes poniendo los énfasis necesarios en lo que hace de esa obra, no una reorganización, sino una composición novedosa.

En esa misma línea, una exposición de arte, hoy, no contiene cuerpos delineados a la perfección, simetrías obligatorias, luces y sombras matemáticamente diseñadas para, no copiar, sino emular con admiración e intentos de superación, a la naturaleza. Hoy, una exposición de arte puede ser el concepto más vago y general que exista. La música sufre de una dolencia similar, pero no idéntica. Los estilos musicales –siempre hablando de lo que uno sabe, conoce, escuchó, está familiarizado, es decir las producciones que surgieron con el inicio del concepto acuñado por Alan Freed, el rock –no vuelven. No vuelven porque nunca se van. La creación musical es la única en la que constantemente la historia del arte se pone en juego inevitablemente. Cada vez que alguien abre un disco o lo descarga, escucha el primer tema una vez, dos veces, diez veces y le busca el cromosoma que sabe contiene toda la información necesaria para distinguir en el infinito mar de compases aquél que lo excluye del resto lo que en realidad está sondeando es toda la historia de la música. Reconocer a qué se parece. A quién remite.

No es que The Black Keys “suene” al rock sesentoso de guitarras podridas, sino que es ese rock sesentoso. La concomitancia de características que lo definan como tal no puede despegarse del 2012 tampoco. Pero hay que tener el claro que no es un deja vu, un volver a vivir. El Camino es toda la historia del rock junta, en simultáneo. The Black Keys son conocidos por grabar usando técnicas analógicas para lograr un espíritu más artesanal que con los procedimientos que actualmente son digitales. Esa artesanía, que muchísimos otros músicos siguen tomando, es prueba de la hipótesis de que en la música la historia ni es diacrónica, sino sincrónica. No hay una progresión de eventos, sino una concatenación casual y azarosa, pero a la vez para nada inocente y un poco edípica de influencias, influenciados, padres e hijos, muertos y resucitados, recién nacidos y abortos. Que El Camino suene anacrónico es una falacia, ya que en la música el anacronismo no existe. La familiaridad de un estilo, sencillamente, se vuelve punto de encuentro entre un tiempo y un espacio. Mejor dicho, entre todos los tiempos y todos los espacios. La coyuntura se mantiene, pero se desdibuja dando lugar a un espeso manto de historia que todo lo cubre.

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