Por Carla Fumagalli
Teorizar acerca del valor del arte es una tarea ardua, espinosa, dolorosa y penosa. Ardua porque requiere dar a entender la coordinación de dos conceptos múltiples que son arte y valor. Espinosa porque implica, en sí misma, la mercantilización de un objeto muchas veces vendido como ahistórico, atemporal y puro. Dolorosa porque significa desvirgar con un billete la obra recibida como unicidad. Penosa porque el resultado es siempre parcial y discutible.
Abbey Road es el disco número 11 de The Beatles, su último álbum de estudio (en grabarse, no en editarse) y contiene himnos como Come Together, I Want You (She’s So Heavy), Oh Darling! y Something. Pero lo que nos convoca no es hacer púlpito de lo conocido, sino relevar una noticia ya poco sorprendente y quizás reflexionar sobre o alrededor de ella. Una de las fotos que se tomó para la tapa de este disco, y que no fue usada, se vendió en una subasta en Inglaterra por 16.000 libras. Algo así como la versión de Mundo Bizarro de la tapa. No es la primera vez ni será la última vez que un objeto que en sí mismo no cuesta más que algunos centavos, se vende a un público coleccionista por cifras exorbitantes. Vestidos de tal o cual actriz, la máquina de escribir (rota) de este o aquel escritor, el pañuelo utilizado por algún otro individuo con fama mundial ese día en que limpió sus lágrimas frente a aquella situación tan difícil de su vida. En fin, objetos más o menos ordinarios que en las famosas subastas son comprados por gente que no puede sino ser considerada algo extraña.
Antes que nada, un poco de historia. El fotógrafo que hizo las tomas, Iain Macmillan, era amigo de John Lennon y Yoko Ono. El músico le pidió que hiciera la tapa para Abbey Road. McCartney ya tenía algunos dibujos preparados sobre cómo querían que fuera. Para lograrlo, un policía detuvo el tráfico mientras el fotógrafo trabajaba subido arriba de una escalera en la mitad de la calle. Ese 8 de agosto de 1969 Macmillan tomó seis fotografías. En dos Paul McCartney caminó con sandalias, mientras que en las otras cuatro lo hizo descalzo. La elegida fue la quinta, ya que sólo en esta los cuatro músicos estaban caminando en simultáneo. Además, simbólicamente les agradó porque simulaba un alejamiento de los estudios que durante siete años los había albergado.
El fenómeno que se dio ante la foto de los Beatles, la foto residual, la que no se utilizó, repite una ecuación que se da únicamente a través del filtro de la cultura. Ese objeto excedente adquiere un valor agregado por haber retratado a esos cuatro individuos que modificaron la historia de la música para siempre. Si The Beatles hubiera sido una banda más del montón, no habría salido 16.000 libras una fotografía de ellos cruzando la calle. A ver, la foto no tiene nada especial, no fue tomada por un fotógrafo famoso ni mucho menos. Es más Iain Macmillan, la tomó por ser amigo-de y luego saltó a la fama. La calle era la calle justo afuera de los estudios EMI y ahora es uno de los puntos turísticos más importantes de Londres. Una esquina, que por otro lado, ya no es la misma esquina. De hecho, el cruce entre Abbey Road y Alexandra Road no existe más. Esta última fue reemplazada por un complejo habitacional. Esto no afecta a los fanáticos. Una vez que el lugar ha sido declarado sagrado por el arte de inmortalizar imágenes en papel, en la vida real sucede lo mismo. Caminar por la senda peatonal que besó los pies desnudos de Paul McCartney no te lo podés perder si vas a Londres.
El valor añadido de los objetos no los convierte en arte. Esto es importantísimo. Los anteojos de Hemingway no son objetos de arte, son objetos de colección. La fotografía que no se usó para la tapa de Abbey Road no es arte. Es cultura. Un objeto se convierte en un objeto de arte cuando ofrece visiones complejas que se incorporaron a la sociedad. El problema es cuando el espectador lee ‘visiones complejas’ en todos los objetos que despiertan su sensibilidad. El arte no está para guardarnos del frío ni hacernos sentir bien, el arte está para polemizar, politizar, cuestionar e incomodar. El resto son cosas producto de una cultura mercantilista a la que le conviene hacer de todo un objeto de consumo. El coleccionista es, claramente, un esclavo de esta dinámica. Los movimientos que traducen producción limitada en acumulación y gasto camuflan el hecho de que del retrato se pueden hacer copias, pero claro, la estructura que se asimiló y se convirtió en cultura no es la copia del retrato, es el original. La primera edición, el muñeco sin salir de su caja, como un juguete que sólo tiene valor mientras cumpla con la condición de no haber cumplido su cometido como producto. La imagen de los Beatles no utilizada, y esto es importante, es un producto cultural con un valor añadido altísimo, que es el contener cuatro músicos que sí, claro, hicieron arte. Incomodaron a muchos en su momento y halagaron a tantos otros. Hoy en día, sus nombres son sinónimo de historia del rock, de influencia sempiterna, y su fotografía puede venderse a 16.000 libras porque como objeto cultural contribuye a la economía del régimen neoliberal en el cual estamos todos inscriptos.
No podemos ir a los museos a buscar paz, tenemos que ir a los museos a buscar discordia. Los retratos de los Beatles, por ejemplo, se hicieron grandilocuentes por el valor añadido que la sociedad depositó en ellos sin la reflexión acerca de la práctica artística del retrato, sino como un objeto construido con el tiempo, con la tradición y principalmente con las políticas culturales que se rigen bajo estandartes dolarizados.
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