Por Nicolás Miranda
En 1977, mientras el rock progresivo se estancaba en virtuosismos innecesarios e interminables y el punk dejaba sólo los huesos de la canción de rock e intentaba volver a lo básico, David Bowie inventaba un mundo sonoro con “Heroes”, uno de esos discos que obligó a repensar cuál es la hechura y el color de la música rock. Como mucho de su producción durante el mentado período berlinés de su carrera (Low, “Heroes” y Lodger, pero también The Idiot y Lust for Life de Iggy Pop) hay cierta insularidad en esta música, a veces abismal y otras inconclusa, reflejos de un artista fragmentario e indefinible. El universo de “Heroes” posee el espíritu de entidades tan disímiles como las novelas de Christopher Isherwood sobre el Berlín decadente de los 20’, un gigantesco estudio de grabación al lado del Muro visible desde sus ventanas, la pintura expresionista de Erich Heckel y un mazo de naipes con “estrategias oblicuas” para usar al azar.
Para 1976, Bowie ya había sido mod con los Mannish Boys y folkie psicodélico à la Barrett en su primer disco, intentado la canción perfecta en Hunky Dory y agotado el glam rock con Ziggy Stardust y Aladdin Sane. Luego viró hacia el plastic souL con Young Americans e incorporó el influjo kraut en Station to Station. Había encarado agotadoras giras europeas y americanas, protagonizado una película (The Man Who Fell to Earth), despedido dos managers y adquirido una adicción a la cocaína que lo tenía al borde de la insania. Tras el último show en los Estados Unidos del Station to Station Tour, en Los Ángeles, un amigo en común le presenta a su admirado Isherwood. Ante el entusiasmo del joven músico, necesitado de un escape de sus fantasmas y de otra reinvención artística, el novelista le advierte enérgicamente que el Berlín sitiado y dividido de entonces no tiene nada que ver con la libertina ciudad-cabaret romanticizada por sus libros de entreguerra. Dos meses después Bowie y su compañero de urgencias, Iggy Pop –recién salido de un psiquiátrico, adicto a la heroína y con su carrera a la deriva- se tomaban un tren desde Copenhague a la capital alemana, para instalarse allí juntos, con sus demonios, en un departamento a metros de donde había vivido el novelista.
Con un esquema que al principio consistía de dos días de indulgencia en sustancias, dos días de recuperación y el resto “para cualquier otra actividad” por semana, fueron recuperando el ímpetu: grabaron The Idiot primero (Bowie compuso toda la música, tocó varios instrumentos y produjo el disco), Low después y finalmente Lust for Life (en el que el Duque Blanco co-produjo y co-compuso la mayoría de las canciones) antes de llegar a “Heroes”. Para ese entonces, Bowie había recuperado algo de su semblante respecto del joven pálido y consumido que se ve en las tapas de Station to Station y Low. Gracias a haber pasado más de un año instalado y respirando la atmósfera de la ciudad al momento de grabarlo, “Heroes” es el único álbum verdaderamente berlinés de la trilogía (Low es un álbum de llegada, grabado en París, y Lodger fue registrado entre New York y Montreal), el único que referencia ese clima en su ambiente y en sus letras. No es de extrañar si tenemos en cuenta exactamente dónde fue grabado.
Cuando en julio de 1977 comenzaron las sesiones, Bowie reclutó a la tropa que encararía esta aventura, cuyo verdadero inicio es Low, pero éste es su punto cúlmine: George Murray en bajo, Dennis Davis en batería y el guitarrista Carlos Alomar formaron la base sobre la cual el invitado especial Robert Fripp -guitarrista y líder de King Crimson-, el mago del sonido Brian Eno y el propio Bowie le dieron rienda suelta a sus instintos musicales. La producción, generalmente atribuida de manera errónea a Eno debido a su influjo conceptual e interpretativo sobre el disco, quedó a cargo de Tony Visconti. El lugar: la sala 2 de los estudios Hansa, un ex salón de fiestas utilizado por los nazis con capacidad para una orquesta de 100 piezas. Mucho de la profundidad y reverb del disco son naturales, capturadas por un micrófono ambiente puesto por Visconti en un rincón de la sala, y tal vez también algo del clima sombrío pudo haberse colado al grabar mientras por las ventanas se veían apostados, rifle en mano, los guardias de la frontera hostil.
Beauty and the Beast – David Bowie
Menos experimental y gélido que su antecesor, “Heroes” comparte con aquél la división de sus caras en un lado A con cinco canciones –no del todo convencionales- y un lado B con suites instrumentales que asemejan una banda de sonido para una película sin imágenes, además de cierto ánimo introspectivo propio de un artista sufriendo una transformación en una ciudad extraña. Hay en comienzo un clima más rockero en las canciones (sobre todo en Beauty and The Beast, Joe the Lion y Blackout), si entendemos por esto que todavía priman las guitarras y el uptempo enérgico, mientras que la canción que da nombre al álbum es una balada sobre dos amantes desencontrados por el muro y un clásico que exime de mayores comentarios, salvo que es probablemente la mejor performance de canto en la carrera de Bowie.
Sin embargo, una característica de éste álbum y sus hermanos es que si bien no abandonan del todo la instrumentación tradicional, sí representan el viraje de Bowie hacia una faceta más “europea” en su música, en contraposición con el rock potente todavía deudor de las estructuras de rythm and blues o sus coqueteos con el disco/soul del pasado, ambos de origen americano. El trabajo sobre las texturas, los elementos electrónicos/ambientales, el sobreprocesamiento de los instrumentos (fundamentalmente las delirantes guitarras de Fripp, quien grabó todas sus partes para el disco en seis horas y…¡sin escuchar las canciones previamente!) revelan la arquitectura de Eno y la sombra de artistas como Kraftwerk, Faust, Neu! o Giorgio Moroder. Los sintetizadores y el vocoder entran en escena y con ellos las oscilaciones de frecuencias, disonancias y cacofonías de las guitarras procesadas. Ni la psicodelia más experimental podría haber soñado con un rock así diez años antes.
Estas innovaciones tecnológicas ayudaron a que el disco esté plagado (sobre todo en el lado B) de espacialidad y cinetismo, una dimensión de metáforas auditivas en la que pueden percibirse los lugares y movimientos de los sonidos, sean cohetes (Sense of Doubt), aviones (V-2 Schneider), el viento, Japón (Moss garden, con Bowie tocando el koto) o el Muro (“Heroes”), sin perder el pulso orgánico de la base rítmica, tocada en vivo por seres humanos en lugar de caer en la tentación del loop maquínico. Eno colaboraría, además, con sus “estrategias oblicuas”, cartas diseñadas por él mismo con indicaciones para salir del atasco creativo. Éstas se emplean completamente al azar, a veces generando tensiones internas a los tracks debido a órdenes contrarias: es notorio por ejemplo que en Sense of Doubt, Eno y Bowie parecen ir en direcciones opuestas, dado que la carta de uno sugería “enfatizar las diferencias” y la del otro “tratar de hacer todo similar entre sí”.
Pero aún a pesar de crear espacios sonoros habitables, del dinamismo pujante de los temas más rockeros y de las interpretaciones vocales de Bowie alcanzando un punto máximo de dramatismo, “Heroes” es un disco sobrio y analítico, oscuro y contemplativo. Sin llegar al minimalismo de Low, es de todas maneras un álbum en blanco y negro, que denota un proceso de recuperación pero está muy lejos de la alegría. La foto de tapa, al igual que la de The idiot, está inspirada en el cuadro Roquairol de Erich Heckel, que grafica al artista rígido, serio y quebradizo. Sin embargo “Heroes” es también el punto en el que la carrera de Bowie (y su persona) abandonan el estado de catatonia para alcanzar una cima de innovación y definir el sonido de toda una década, que precisaba de un pantallazo del futuro para salir de la crisis del rock de guitarras tradicional.
La onda expansiva de esta transformación sonora fue tan grande que conmovió hasta los cimientos musicales del supuestamente rudimentario, salvaje y primitivo Iggy Pop, hasta entonces todavía recordado como líder de The Stooges. Pero Berlín y el renacer creativo de su concubino de entonces contribuyeron a salvar la vida y la carrera de la Iguana. De ello nos ocuparemos en la segunda parte de esta nota.
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