La maldición de los discos póstumos

July 18th, 2012

Por Juan Pablo Lima

Todos los años somos testigos de “nuevos” lanzamientos discográficos de músicos que lamentablemente ya abandonaron nuestro plano existencial. Sin embargo, siendo aún conscientes de la cuestión puramente comercial que rodea estos acontecimientos, nosotros, los melómanos, no podemos resistirnos a la tentación de escuchar esa perla que nuestros artistas favoritos nos estuvieron ocultando hasta el día de su muerte. La pregunta surge sola: ¿es necesario seguir hurgando entre las pertenencias de un muerto para satisfacer a ese consumidor insaciable que llevamos dentro? ¿Cuánto más puede sumar (o restar) al legado de un músico la publicación de una grabación perdida que jamás vio la luz?

El disco póstumo siempre viene enmascarado bajo la forma de un homenaje, con la promesa de cumplir los designios finales del artista que ya está con un pie (o con los dos) en el otro mundo, y quiere despedirse de su audiencia entregándole hasta su última gota de sudor. O al menos esa sería la premisa, pero en la práctica esto nunca es así: la fusión entre los mercenarios objetivos de las grandes discográficas y el morbo popular, dan como resultado un negocio muy lucrativo. Ya no es casualidad que un músico muerto genere un caudal de ventas superior a cuando estaba vivo. Como tampoco lo es que después de su defunción edite más discos que durante toda su existencia carnal.

Con el avance de las nuevas tecnologías de grabación y restauración, en estos últimos años somos testigos de cómo un grupo de productores, ingenieros de sonido y técnicos de grabación son capaces de dar vida a verdaderos frankensteins musicales, extrayendo hasta la última gota de petróleo de una cinta casera TDK de 60 minutos. El caso más paradigmático lo acabamos de ver con el nuevo álbum de Joey Ramone, Ya Know? quince canciones trabajadas entre los productores Ed Stasium y Daniel Rey, más un batallón de músicos invitados que pusieron su granito de arena para dar forma de álbum a una colección caótica de demos y material de descarte, que Joey grabó desde 1977 hasta el día de su muerte. El resultado es decepcionante, y no debería sorprender a nadie: llamarle álbum a un engendro concebido en esas condiciones es demasiado premio. Más que un homenaje es un insulto a la memoria de uno de los padres fundadores del movimiento punk.

Otro lanzamiento póstumo interesante, que también se produjo este año, es el Early Takes Vol. 1 de George Harrisson: en este caso se trata de un álbum recopilatorio con varios demos y primeras tomas pertenecientes en su mayoría al período All Things Must Pass (1970). Básicamente tenemos 10 canciones, casi en su totalidad acústicas, donde podemos apreciar versiones más íntimas de clásicos como My Sweet Lord, despojadas de los arreglos grandilocuentes y la excesiva producción de Phil Spector. En una sociedad utópica, Early Takes Vol 1 sería un extra, un acompañamiento ideal como bonus CD en otra futura y muy posible reedición aniversario de All Things… Pero en su lugar tenemos que conformarnos con abonar $58,99 en nuestra tienda favorita, para llevarnos un material que -independientemente de la calidad y la belleza acogedora de las canciones- difícilmente George Harrison en vida hubiese estado de acuerdo en darlo a conocer. Y lo peor de todo es que el “Vol. 1” del título ya nos anuncia que, como mínimo, habrá otra entrega venidera con más de lo mismo.

Estos ejemplos no hacen más que poner de relieve la impotencia del sujeto creador ante las presiones de la industria: si cuando estaba vivo tenía que luchar contra los imperativos de la discográfica de turno (y ceder en muchos casos), una vez muerto, está a merced de lo que la industria determine hacer con su obra y legado. Prácticamente sin obstáculos, las discográficas pueden decidir la dirección artística de los futuros lanzamientos. Poco importa la calidad del material que se disponga para tal fin, se trate de Freddie Mercury o Amy Winehouse, lo único primordial es que sus nombres continúen multiplicando sus ventas desde el más allá, y para ello es menester mantener con vida a la gallina de los huevos de oro. Ya no se trata de grabaciones póstumas que nos permitan conocer matices ocultos, u obtener una perspectiva más profunda que nos ayude a comprender la totalidad de la dimensión de un artista. Esto es simplemente un negocio macabro, donde los intereses comerciales logran imponerse por encima de toda ética, aprovechándose de un público nostálgico y apesadumbrado, que se resiste a asimilar la pérdida de un músico estimado. En otras palabras, el consumidor ideal para el mercado de los discos póstumos.

Hace tan solo unos meses, empezó a correr muy fuerte el rumor de un supuesto disco solista inconcluso en el que estaba trabajando Kurt Cobain, pocos días antes de su muerte, en 1994. El ex guitarrista de Hole, Eric Erlandson, aseguró que se trata de un material muy crudo, que podría considerarse como su “White Album”. De llegar a existir algún demo que avale todo esto, es inevitable experimentar sensaciones encontradas; por un lado el entusiasmo lógico que genera una noticia como ésta, ante la posibilidad de conocer canciones inéditas de quien fuera la última leyenda del rock. Pero también hay una cuestión más profunda que no se debe esquivar. Sea lo que sea que haya pensado hacer Cobain con respecto a estas grabaciones, sus ideas se fueron a la tumba con él. Así existan “instrucciones precisas” sobre lo que el líder de Nirvana pensaba plasmar en esta hipotética obra, nada de lo que se alcance a materializar se podrá aproximar a los deseos de su autor. Es imposible la creación sin su creador, y solo Cobain tenía la clave para armar y desarmar su propio rompecabezas.

Cualquier esfuerzo destinado a producir una obra en ausencia de su autor original, es estéril. Podrá salir bien o mal, pero tenemos que ser cocientes de que lo que estamos consumiendo es una ficción, una interpretación muy subjetiva realizada por los ejecutivos de una discográfica sobre el material abandonado de un artista, y cuya finalidad no es otra que la de lucrar descaradamente. Mientras nuestro voyeurismo melómano no tenga límites -y todo parece indicar que no los tiene- tenemos muchos años por delante plagados de rentables lanzamientos póstumos, pero que muy difícilmente enriquezcan el legado artístico de nuestros adorados compositores.

Tags: , , ,