Por Miguel Molina y Vedia
El grupo de Los Angeles escuetamente llamado Love, además de ser una de las primeras bandas multirraciales de la historia del rock, también padeció de la yeta del pop barroco. Aunque se iniciaron con un enfoque más rockero, ya desde sus comienzos venían delatando inclinaciones barrocas, como puede escucharse por ejemplo en la magnífica pauta de flauta y clavicordio de She Comes In Colors (tema entre homenajeado y afanado por Madonna en su Beautiful Stranger), que integra el disco Da Capo (1967). Con el frenesí creativo propio de aquella época, ese mismo año pergeñan su obra maestra Forever Changes (1967), otro álbum infaltable en las listas conmemorativas de los melómanos.
Aquí los arreglos clasicistas de cuerdas y vientos pasaban a dominar la escena (por ejemplo, en The Red Telephone) y la refinada voz negra de Arthur Lee le añadía un acento particular a las psicodélicas melodías vocales. Resulta sorprendente que un material de semejante calidad y originalidad fuera producido a las apuradas para respetar un presupuesto que se iba de las manos y en medio de bataholas internas entre Lee y Bryan Mac Lean por la dirección del grupo. Sumados estos conflictos de poder a la adicción a la heroína que atravesaba Mac Lean, Love se disolvió poco después de la edición de Forever Changes, que tuvo una modesta aparición en el tercer pelotón de los charts (#154 en Estados Unidos, #24 en Inglaterra). Algunos años después Lee recuperó el nombre del grupo pero con una formación completamente distinta, que no tuvo mayor repercusión.
En Sudamérica, fue a los también conocidos como “Beatles uruguayos”, los Shakers, a quiénes les tocó padecer la mufa del pop barroco. A pesar de cantar en un inglés digno de Roberto Quenedi, estuvieron tensionados desde su comienzos por la disyuntiva entre ser unos meros imitadores de la Beatlemania (como unos The Beats o Danger Four adelantados a su tiempo) y el desarrollo autónomo de sus abundantes capacidades musicales (confirmadas por la notable carrera posterior de los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso). Incluso su obra capital, La Conferencia Secreta del Toto’s Bar (1968), parecía iniciarse como una mera copia del Sgt. Pepper, con la rítmica y timbre vocal casi calcados en el primer tema, homónimo del disco, que encima se fusionaba con el segundo.
Sin embargo, de allí en adelante todo comenzaba a diferir del molde anglosajón (increíblemente, los integrantes de los Shakers declararon que jamás escucharon a bandas como The Hollies o The Zombies, a las cuáles en ocasiones se parecen tanto como a los Beatles), e incluso aparecían sonoridades rioplatenses: tanto enCandombe, una especie de Being for the Benefit of Mr. Kite sobre base murguera, como en Más Largo que el Ciruela, dónde un bandoneón tanguero resolvía un denso clima psicodélico. También había excursiones al Brasil en Lovely Lola o Siempre Tú y canciones enigmáticas como Yo recuerdo mi mundoque no venían de ninguna geografía reconocible, puro planeta Shaker. Ya casi resulta aburrido señalar que entre el desinterés de la discográfica, interesada en explotar la faceta imitativa, y el hastío de los hermanos Fattoruso, deseosos de forjar su propio camino en la música, La conferencia… estuvo condenado al fracaso comercial.
Hasta Spinal Tap, la banda ficcional más real que haya existido, tuvo su cuarto de hora en el pop barroco antes de derivar hacia el heavy metal de insinuaciones sexistas y volumen elevado hasta el once. Cómo suele ocurrir con las parodias, al menos las bien hechas, Cups and Cakes (Tazas y tortas), reúne las propiedades características del subgénero de manera aún más evidente que los ejemplos auténticos: desde los previsibles ornamentos del corno en la introducción, hasta la relectura en clave psicodélica del costumbrismo british, Christopher Guest (Nigel Tufnel en la película) nos ha brindado una pieza que se ríe de su objeto sin dejar por eso de respetarlo e incluso brindarle cierta dosis de nostalgia y ternura. Pero hubo otros grupos, exitosos y reales, que tuvieron la suerte o la astucia para abandonar el pop barroco a tiempo antes de estrellarse y pudieron descollar en otros estilos. Artistas tan disímiles como Pink Floyd, Deep Purple o los Bee Gees. tuvieron sus incursiones en este desdichado género. Se trata de aportes nada desdeñables desde lo estrictamente artístico, pero sus nombres quedarán en la historia oficial del rock y el pop más asociados al rock progresivo, el hard rock y la musica disco respectivamente.
La (pre)historia menos secreta de estas tres es probablemente la de Pink Floyd, ya que este período iniciático en el cual Syd Barrett era el líder del grupo forma parte del mito fundacional de la banda. The Piper at The Gates of The Dawn (1967) es, como varios de los discos que hemos reseñado, un favorito de la crítica y una fuente de inspiración reconocida por decenas de músicos. Sin embargo, sus canciones sobre gnomos, bicicletas, inexplicables gatos demoníacos y señoríos siderales, no forman parte del repertorio masivamente conocido del grupo, más allá de alguna reaparición esporádica de Astronomy Domine en la gira de P*U*L*S*E (1994). Más allá de sus méritos musicales, este período del grupo ha quedado fatalmente ligado al desgraciado declive de la salud mental de Barret. Ya sin él en la banda, reemplazado por su amigo David Gilmour (en rigor de verdad, convivieron por un breve lapso en el grupo), Pink Floyd abandonaría gradualmente los barroquismos, más allá de que el sonido progresivo en el que desembocaron y que los hizo mundialmente famosos podría entenderse más como una evolución estilística que como un viraje abrupto.
Mucho más marcado puede resultar el contraste entre la ropa metalizada, el funk simplificado y los falsetes replicados hasta el hartazgo que hicieron populares a los Bee Gees en la época de la película Saturday Night Fever; y la vaporosa atmósfera sonora de Bee Gees’ 1st (1967), que -como su nombre no lo indica- es la tercera placa editada por el grupo de los hermanos Gibb, y -como su nombre involuntariamente podría indicar- la mejor obra de su vasta trayectoria. Luego de sus comienzos como estrellas beat juveniles en la Australia donde habían crecido, los Bee Gees decidieron regresar a su Inglaterra natal y sumarse a las tendencias dominantes en la música de la época. Las similitudes con, por ejemplo, Revolver (1966), de los Beatles comenzaban ya desde el diseñador del arte de tapa, nada menos que Klaus Voorman. Ninguna de las características habituales y ya mencionadas del pop barroco faltan en esta obra inspirada y precoz (Barry Gibb tenía 20 años cuándo se grabó, y sus hermanos 17).
Holiday y Red Chair, Fade Away son los ejemplos más canónicos, con sus bases de órgano y melotrón y sus magistrales armonías vocales. Es también típica de la era y el estilo, la ampulosa pretenciosidad, lindera con el ridículo, de extensos títulos de canción como Craise Finton Kirk Royal Academy of Arts o Every Christian Lion-Hearted Man Will Show You. En esta última se destaca una introducción con unas ominosas voces de catacumba que parecen casi la contracara absoluta de los aullidos agudos que caracterizarían a los Bee Gees en su fase disco. Bee Gees’ 1st contaba además con incursiones en el soul: To love somebody, de moderado éxito en esta versión original, sería inmortalizada poco después por Janis Joplin. Y tampoco faltaban elementos de folk, presumiblemente en busca de emular a Bob Dylan y sobre todo a Simon & Garfunkel. Aunque, por cierto, el intento de hacer una canción de protesta mediante el relato de una catástrofe sufrida por un grupo de mineros (New York Mining Disaster 1941), tiene escasa sustancia política y termina siendo poco más que una evocación sensiblera.
Es díficil pensar en zonas estilísticas del universo del rock y el pop más alejadas que la música disco y el hard-rock: sin embargo un grupo emblemático del género como Deep Purple comparte con los Bee Gees un pasado común en la desventurada especialidad del pop barroco. Con una formación algo diferente a la que los hiciera exitosos desde el álbum In Rock (1970) en adelante, pero ya con Jon Lord, Ian Paice y Ritchie Blackmore en la banda, llegaron a grabar tres discos en este plan: Shades of Deep Purple (1968), The Book of Taliesyn (también 1968), y Deep Purple (1969). En esta encarnación temprana del grupo, los pasajes instrumentales encarados por los teclados de Lord emulaban pasajes de la música culta (cuando no citaban literalmente a Beethoven o Rimsky) y la voz de Rod Evans, bastante lejana a la de sus sucesores Ian Gilliam y David Coverdale, cargaba de una dramaticidad delicada tanto las composiciones originales del grupo (se destacan especialmente Hush y Anthem) como las versiones de temas de los Beatles, Phil Spector, Neil Diamond o Donovan que pululaban en estas obras.
La guitarra de Blackmore, en cambio, ya dejaba asomar una sensibilidad blusera que anunciaba al Deep Purple por venir; hasta tal punto que en este período sus intervenciones, por virtuosas que fueran, suenan algo desacompasadas del conjunto. Resulta paradójico que Blackmore haya terminado tocando -como lo hace hasta hoy- musica renacentista. Menos envidiable, aunque no exento de paradojas, fue el derrotero de Rod Evans tras dejar el grupo y ser reemplazado por Gilliam. Tras formar la banda Captain Beyond, que ¿a que no lo adivinan?, fue aclamada por el periodismo y un fracaso de ventas, Evans se retiró de la música y se puso a trabajar de enfermero. Hasta que en 1980, unos empresarios de poca monta y menos escrúpulos lo invitaron a integrar una versión trucha de Deep Purple, cuyos recitales terminaban religiosamente con disturbios generados por un público que se sentía razonablemente engañado.
Es que, a pesar de que Evans era el único miembro con algún vínculo con el conjunto original, la lista de temas que intentaban tocar ignoraba por completo los tres discos en los que él había cantado y se centraba en los hits masivos de la etapa hard-rock. Finalmente, Rod Evans fue exitosamente demandado por sus ex-compañeros y despojado para siempre de sus regalías. Con la mufa del pop barroco no se jode.
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