Por Judith Gómez Machado
Varios pares de pies descalzos se abren paso entre las hojas secas de un bosque de tierra arcillosa y teñido por unos pocos rayos de sol. El sur de Nueva Jersey hacia fines de los 50 y un leal ejército de niños-hermanos guiados por su biblia, A Child’s Garden of Verses de Robert Louis Stevenson. Exploran, conquistan, descubren y ríen.
Una de ellos, Patricia Lee Smith, de unos 11 años, es alta, desgarbada y flaca. Soñadora, incomprendida y una ávida y precoz lectora. Años más tarde, en medio de una salida familiar al Museo de Arte de Filadelfia, la creación del arte la conmovería pero, sobretodo, sentiría una atracción carnal por su ejecutor, aquel ser que podía ver lo que otros no.
El legendario y confidente álbum de 1975, Horses, encuentra sus raíces en las grandiosas vivencias de Patti Lee. Un disco debut que reconstruyó el lenguaje y la música (¿o el lenguaje de la música?) para convertirse en una obra maestra.
Su predecesor, por así decirlo, fue una revolucionaria reversión del clásico Hey Joe que tuvo como introducción unas palabras de Smith sobre Patty Hearst. La nieta del mismísimo William Randolph Hearst había sido secuestrada por el grupo de guerrilla urbana Symbionese Liberation Army en febrero de 1974, para más tarde unirse a sus captores en su lucha y hasta adoptar el nombre de Tania, inspirado por el de la guerrillera argentina Tamara Bunke.
“Patty, you know what your daddy said / Patty, he said, he said, he said ‘Well, sixty days ago she was such a lovely child / Now here she is with a gun in her hand’”
Su lado B fue Piss Factory, una canción que ahondaba en la frustración de trabajar en una fábrica y cuya salvación fue Les Iluminations, del poeta francés (y su guía eterno) Arthur Rimbaud.
Horses estaba en la mente de Patti, en sus emociones y en su poesía, incluso antes de firmar con el sello de Clive Davis, Arista Label, para iniciar la (excitante, mítica, caótica y hasta frustrante) grabación del disco junto a Ivan Kral (bajo y segunda guitarra, y miembro de una formación inicial de Blondie), Jay Dee Daugherty (batería), Lenny Kaye (bajo, guitarra, coros) y Richard Sohl (teclados). El espíritu del disco estaba empapado por los 8 años que Patti llevaba viviendo en la inquieta ciudad de Nueva York.
Su eterna búsqueda de tesoros musicales y literarios en tiendas escondidas de Brooklyn y Greenwich Village, su (no menor) paso por el Chelsea Hotel, los viajes a Coney Island y las noche en el legendario club CBGB.
El álbum, que fue producido por John Cale, abre con el clásico escrito de Van Morrison, grabado con su banda Them en 1964, Gloria; fogosamente reinterpretado y fusionado con su poema Oath, es poseedor de las líneas introductorias más famosas del rock: “Jesus died for somebody’s sins but not mines”.
“Cristo era un hombre contra el cual merecía la pena rebelarse, porque él era la rebelión”, reza Patti en su libro Just Kids.
Birdland, tal vez uno de los tracks más intensos, fue inspirado por pasajes del libro A Book of Dreams, de Peter Reich, hijo de una de las figuras más radicales de la psiquiatría: el austríaco Wilhelm Reich. En la canción, un pequeño Reich divisa a su padre en una nave, desde una granja en Nueva Inglaterra, y le suplica que lo lleve con él: “Oh, let’s go up, up, take me up / I’ll go up, I’m going up, I’m going up / Take me up, I’m going up, I’ll go up there”.
Mientras que Land es una metáfora del nacimiento del rock and roll que finaliza con la muerte de Jimmy Hendrix (“In the sheets…there was a man”), Break it Up –co escrita junto a Tom Verlaine- describe un sueño en el que “Jim Morrison, atado como Prometeo, se libera de repente”. Imposible no sentir a Patti golpeando su pecho mientras canta “Ice, it was shining / I could feel my heart, it was melting”.
La familia de Patti Lee también estuvo presente en Horses: Kimberly fue escrita para su hermana Kimberly Smith, diez años y medio menor que ella y también artista (es guitarrista, compositora y fue miembro de The Lust, Spurs y Grace Street); y Redondo Beach, que en numerosas ocasiones fue nombrada “la primera canción reggae sobre lesbianas”, en realidad tuvo su origen en una pelea de la cantante con su otra hermana Linda Smith (quien fue su compañera de viaje en su primera visita a París en 1969) y un sueño/pesadilla posterior sobre la muerte de esta última.
Free Money bien podría ser un reflejo de la difícil infancia de Patti en Nueva Jersey (no por la falta de amor, sino por la ardua situación económica que aquejaba a su familia) o bien una crítica a las imposiciones de la vida en sociedad. Al fin y al cabo, habla de los sueños, tal como lo hacía en Piss Factory: soñar con una vida mejor.
En Elegie, Patti recuerda una vez más, cual ninfa en complicidad con la naturaleza, a sus amigos, poetas, inspiración y búsqueda: Arthur Rimbaud, Jim Morrison y Jimi Hendrix.
Desde el año anterior al lanzamiento de su debut y hasta 1978, My Generation, el tema de The Who escrito por Pete Townshend, solía ser el cierre de los eclécticos shows de Patti Lee y su banda. En 1976, una versión en vivo, con John Cale en bajo, fue la cara b del single de Gloria. Hacia el final, los aullidos de Smith (“Oh, I’m so Young / So goddamn young”) la hacen invencible e inmune a cualquier efecto del paso del tiempo.
El arte de Horses no pudo haber sido ideado por otra persona que el fotógrafo y artista visual Robert Mapplethorpe. Su relación con Patti fue de tal profundidad y complicidad que es arduo atreverse a compararla con otras. ¿Almas gemelas? Tal vez, e incluso más.
Con ropa del Ejército de Salvación y luz natural en un día nublado, la portada de Horses (“Cuando ahora la miro, no me veo nunca a mi. Nos veo a los dos”) fue inmortalizada en el ático de la Quinta Avenida donde vivía el curador y coleccionista (también pareja, mentor y benefactor de Robert) Sam Wagstaff.
En una de sus más recientes entrevistas para UnCut, Patti dejó en claro que “es una persona casual”. Como si hubiera sido ayer, no es difícil imaginarla, a lo lejos, sobreviviendo –feliz, con café instantáneo y “bollos rancios”- en la Nueva York que vivía a pura luz los años 70.
Adolescentes alienados, artistas inadaptados y jóvenes sensibles: cada uno de ellos descubrió Horses en 1975, en 1986, en 1998, o en 2002, y se aferraron a él hasta el día de hoy. ¿Qué puede ser superior a un disco sin edad?
“Escribí Horses para Michael Stipe, escribí Horses para Morrissey. Y lo encontraron”. Gracias, Patti.
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