Por Juan Pablo Lima
Si hiciéramos una breve enumeración de las bandas que más nos deleitaron y sorprendieron en aquel inolvidable y cada vez más lejano año 2002, nos encontraríamos con un listado de nombres ilustres, referencias ineludibles en todo compilado musical decente de la pasada década: me estoy remitiendo a grupos y artistas debutantes como The Libertines, Interpol, Norah Jones, The Walkmen, The Decemberists, The Polyphonic Spree, The Black Keys y siguen las firmas. Y por supuesto, también estarían incluidas bandas de larga trayectoria, que hace 10 años alcanzaron el pináculo de sus carreras como es el caso de Wilco con Yankee Hotel Foxtrot, The Flaming Lips con Yoshimi Battles The Pink Robots o el mismísimo Songs For The Deaf de Queens Of The Stone Age. Casi todos los mencionados aún siguen vigentes, generando expectativas con cada uno de sus nuevos lanzamientos, y sumando fans alrededor del mundo. Sin embargo, fue The Vines la agrupación que hizo más ruido (literalmente) de todas ellas, la aparición más sorprendente del 2002, cuyo fuego inicial empezó a extinguirse lentamente hasta casi desaparecer en la actualidad. A continuación repasaremos la obra del grupo australiano liderado por el errático Craig Nicholls, y trataremos de encontrar alguna respuesta que nos permita entender el amargo presente de la banda, que llegó a ser catalogada como la última “salvación el rock”.

Si nos remontamos musicalmente al año 2002, tenemos que hablar del momento de esplendor del garage rock: tan solo habían pasado unos pocos meses desde que The Strokes modificara para siempre el mapa musical de la época con el imprescindible Is This It, y a partir de allí una sangría de bandas inspiradas en la psicodelia y el hard rock de los años 60’s se empezarían a multiplicar como gremlins chapoteando en un estanque abandonado. En ese contexto, The Vines y fundamentalmente Craig Nicholls –por aquel entonces un joven australiano de 24 años- se presentaban en sociedad con Highly Evolved, un disco que, sin despegarse de la etiqueta garage, aporta unas composiciones interesantes en las que se fusiona acertadamente una parte de la psicodelia beatle harrisoneana, con la furia de Nirvana. El éxito es inmediato.
El álbum debut de los australianos impacta por la sencillez y el frenesí de sus canciones, que transitan estados de ánimo contrapuestos, algo así como un rescate emotivo del famoso combo “calma-tormenta” que tan bien supo explotar la escena grunge a principios de los 90’s. De Homesick a Get Free, el espíritu de Revolver y Nevermind conviven en un mismo LP, y la critica especializada se rinde ante la evidencia. De repente el rock, esa doncella en apuros que constantemente hay que rescatar de las garras de los profanos e impuros, encuentra a sus salvadores en The Strokes, The White Stripes y fundamentalmente en The Vines. Pero una vez más quedará demostrado que nada es lo que parece.
Luego de disfrutar de las mieles del éxito y de generar controversias con presentaciones en vivo bastante caóticas, llega el enorme desafío que implica revalidar los laureles obtenidos, a través de un segundo álbum que colme todas las expectativas generadas. Me atrevería a decir que en toda la historia del rock –salvo contadas excepciones- esto nunca ocurrió, y The Vines no sería la excepción a la regla: repetir una fórmula de probada eficacia, aunque con menor brillo e inspiración que en su entrega anterior, es un camino espinoso que puede conducir a la mediocridad tan temida, y eso fue Winning Days (2004).
A casi dos años de su debut, Craigh Nicholls echó mano de viejas canciones –algunas como Ride datan de 1999- reelaboradas para la ocasión, a las que sumó algunas composiciones nuevas, dando forma a un rejunte que sirvió para vender una cantidad considerable de copias, aunque no alcanzó a satisfacer los paladares más exigentes. Uno de los aspectos más decepcionantes que se percibe en este LP es esa búsqueda deliberada por clonar la receta Highly Evolved, prolongando ideas ya trabajadas en su opera prima, como se puede constatar en el tema Autumn Shade II. De alguna manera, esta suerte de autohomenaje permanente le resta fuerza a Winning Days, una obra que paradójicamente posee un enorme potencial no desarrollado, y que se nutre de un par de excelentes canciones –quizás de las mejores en toda la carrera de los australianos- como por ejemplo la que da nombre al disco.
Además de la publicación de su segundo álbum, 2004 también significó un año bisagra en la historia de la banda a raíz de dos sucesos fundamentales: Patrick Matthews –bajista y miembro fundador de The Vines- abandonó a sus compañeros, harto de tener que soportar los ataques de locura del frontman durante los shows en vivo, y a finales de ese mismo año Nicholls fue diagnosticado con el Síndrome de Asperger, condición que lo mantuvo alejado de las giras durante un tiempo, y paralelamente debió someterse a un tratamiento.
Para 2006 The Vines ya era un grupo que había perdido bastante del crédito inicial que supo lograr, pero Nicholls y los suyos no se quedarían atrás y volverían a la carga con Vision Valley. Casi todas las canciones del álbum tienen una duración promedio de dos minutos -lo cual es de agradecer en algunas pistas donde la inspiración brilla por su ausencia- y continúan transitando los mismos senderos de sus obras anteriores, repitiendo aciertos y fundamentalmente errores. Nuevamente nos encontramos con exaltadas composiciones de la versión más punk de Nirvana, entremezcladas con tiernas baladas beatlescas -indudablemente de ese maridaje esta hecho el ADN de Nicholls- fórmula que permanece inalterable, aunque el mestizaje empieza a arrojar resultados menos logrados que en el pasado.
Sin embargo, se podría decir que Vision Valley es un cierre simbólico de la primera etapa de The Vines y, por contradictorio que suene, se trata de su mejor período: aún con estructuras melódicas que parecen calcadas, con un Nicholls que no se aburre de escribir tres veces la misma canción, y con un marcado declive compositivo entre disco y disco, los temas mantienen cierto nivel de potabilidad, el mínimo necesario para superar un control de calidad no muy exigente. Sucede que The Vines todavía contaba con el talento suficiente para “sacar petróleo”, y hacer buenas hasta aquellas canciones decididamente malas. Aunque la verdadera debacle estaría a la vuelta de la esquina.
Melodia (2008) agrega un nuevo ingrediente a la fórmula hasta aquí conocida: hastío. Las buenas ideas (que no son muchas) quedan sepultadas en una densa capa de aburrimiento. Una sensación de desgano se apropia en temas como Manger y Orange Amber solo por mencionar un par de casos. Nicholls no escarmienta e insiste con Autumn Shade III, tercera parte de una trilogía obsesiva dedicada a los paisajes otoñales, inferior en todos los aspectos a sus versiones I y II. En líneas generales Melodia demuestra ser más de lo mismo, pero ostensiblemente peor, mucho peor. A estas alturas cabía preguntarse si Nicholls arrastraba alguna secuela en su dura batalla contra el Asperger, algún tipo de trastorno que repercutiera negativamente en sus probadas capacidades como compositor.
Morbosidades al margen, Future Primitive (2011) asestaría otro golpe demoledor a la carrera de la banda ¿Hace falta que repita que es un refrito de todo el material que ya conocemos de The Vines? ¿Hace falta que diga que el disco no ofrece nada que ya no se haya escuchado antes? ¿Hace falta que mencione que hay un Autumn Shade IV? Desde su debut con Highly Evolved, la discografía de la banda fue de mayor a menor, aunque la caída se hizo mucho más pronunciada en sus dos últimas producciones. ¿Habrá salvación para los salvadores del rock?

Hace 10 años, Highly Evolved se erigió en una suerte de caballito de batalla para los fundamentalitas del garage rock; gente dispuesta a inmolarse en pos de mantener inmutable el dogma de la banda formada por bajo, batería y guitarras, y que a su vez se horrorizan ante la presencia de sintetizadores, vientos, o cualquier otro tipo de elemento que altere la santísima trinidad del rock. El entusiasmo que despertó la opera prima de The Vines, con su seductora propuesta salvaje y melódica, apenas fue un espejismo que se desvaneció con el paso del tiempo, pero que sirvió para exaltar desmesuradamente las capacidades compositivas de su líder. El propio talento de Craig Nicholls lo condujo a un punto de no retorno, en el que involuntariamente se calzó el traje de Kurt Cobain, una carga imposible de sobrellevar para la espalda de cualquier aspirante a “héroe del rock”.
En estos momentos lo único que está claro, es que entre la genialidad de su álbum debut y la decadencia de sus últimos lanzamientos, existe un termino medio, muy difuso, que The Vines se niega sistemáticamente a explorar. Pero mientras Nicholls siga componiendo canciones sentado al pie de un árbol -bajo la sombra del otoño- siempre habrá una mínima esperanza de que vuelva a sorprendernos como ya lo hizo en 2002. Aunque probablemente en el corto plazo recibamos una nueva entrega de Autumn Shade.
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