Discos

Santiago Vázquez - Santiago Vázquez (2014)

Sin importar en cuál de sus aventuras decida mostrarlo, hay algo que ha quedado claro en los ya varios años que Santiago Vázquez lleva de fructífera carrera en el siempre esquivo mundillo musical: cuando escuchamos alguna de sus muchas producciones, estamos asistiendo a un trabajo verdaderamente artesanal, curado con la delicadeza con que sólo una persona completamente dedicada a un oficio puede adornar aquello que es fruto de su esfuerzo. En una era devorada casi por completo por el fantasma omnipresente de la posmodernidad, atosigada por una necesidad de inmediatez que obtura cualquier intento por perfeccionar de manera reposada y progresiva aquello que se emprende en pos de obtener sus resultados con la mayor premura posible, los oficios han sufrido un creciente desamparo que los ha hecho invisibilizarse, ser virtualmente ajenos al ojo de la mayoría. Aquello que podría interpretarse como una condena a una lenta pero inexorable desaparición (inevitable como todas las muertes, pero dolorosa como las peores), empero, ha sido casi una bendición para quien dedica su tiempo y vida a alguna de estas labores hoy difíciles de encontrar. Creo que era Fabián Casas quien hacía una parábola similar a la que aquí ensayo casi sin quererlo, dotando de una calma zen a un oficio como el del zapatero, a quien sólo queremos encontrar desesperadamente cuando requerimos de sus servicios, advirtiendo en el proceso la necesidad irrevocable de su existencia.

Algo parecido pasa en nuestra época con esos músicos que sin importar por dónde decidan llevar a su creatividad lo hacen con el detenimiento obsesivo y el perfeccionismo de quien es un absoluto amante de lo que hace, reparando con delectación quirúrgica en los múltiples pliegues y desprendimientos que el hecho artístico posee por el sólo hecho de existir como una entidad etérea que se materializa desde un lugar desconocido y va construyéndose de forma progresiva, fruto dilecto apenas de una imaginación, de una conciencia que es deidad en aquel momento en que crea desde la mismísima nada. El respeto a semejante rol, entonces, es algo que deberíamos considerar a la hora de rendir pleitesía a quienes escriben letras y componen melodías intentando hacer que en ellas se trasluzca sin divergencias la mentalidad del creador, dando en primar la unicidad por sobre la imitación, la originalidad por sobre el rol de mercado de las canciones, el corazón por delante de la razón. Santiago Vázquez es uno de esos tipos, y hace rato que lo viene demostrando. Por un lado, hasta hace un tiempo fue el capitán de uno de los colectivos musicales más deliciosamente originales que haya dado estas pampas, el genial Puente Celeste, desde donde mostró que el folclore, la canción, el jazz, los ritmos afrolatinos y el pop (entre muchas vertientes que el grupo trasuntó hasta su silenciosa desaparición hace un par de años) no sólo pueden sino deben convivir en armonía conformando una mescolanza tan heterogénea como divertida. Por otro, es un empedernido investigador musical -esa faceta superadora del melómano- como lo demuestran tanto su trabajo con el grupo de percusión La Bomba De Tiempo como su dedicación a proyectos como el Club Del Disco y su lenguaje de señas para composición en tiempo real, iniciativas apuntadas a amalgamar conocimiento y obra, acción y disfrute, amor por lo que se hace y acción efectiva y trascendental.

Pero Santiago es mucho más que un director o un investigador. O, mejor dicho, Santiago es más cosas además de estas que detallamos recién. Por empezar, es un compositor. También un guitarrista, y un cantante. Con estas armas, entonces, es lógico que le pique el siempre sugestivo bichito de la canción, y que el ansia de poder cantar con voz en cuello lo invada con la urgencia con que sólo la inminencia del acto creativo puede atacar. Acá es donde lo encontramos, entonces, hecho todo un cantautor, en su tercer álbum como solista, al que después de tanta experiencia grupal decidió bautizar apenas con el nombre con que vio la luz por primera vez. Efectivamente, entonces, Santiago Vázquez ha hecho una colección de canciones y les ha puesto cara y nombre: Santiago Vázquez.

La pregunta lógica a la hora de enfrentarnos a la obra de un emprendedor tan ecléctico sería con qué nos encontraremos, claro. ¿Habrá algo de la bella e intensa impresión percusiva de La Bomba De Tiempo en Santiago Vázquez? ¿Será tiempo para él de regresar a las melodías y los arreglos vocales de los buenos tiempos de Puente Celeste? ¿O nos sorprenderá con algo verdaderamente nuevo, una faceta que aún no conocemos de su ya polifacética figura? Cuántas preguntas, y ante tantas dudas, una sola respuesta: la de la música, que afortunadamente no necesita que nadie hable por ella ni se atreva a definirla o a colocarla en caprichosas estanterías si lo que prima es el alma del artista puesta al servicio de la canción, la intención indetenible del acto creativo y una más de sus manifestaciones haciendo saber una vez más que son todo lo que importa. Así es como Santiago Vázquez nos propone un armonioso y sensible viaje a través de muchas estaciones de variado brillo y aún más distintivas pátinas. Los arreglos de vientos y cuerdas, las guitarras sutiles y la voz delicada de Vázquez atravesando la hermosa apertura “Cuerpo De Luz” son toda la evidencia que necesitamos de que estamos ante uno de los álbumes más únicos que vayan a ver la luz en Argentina en este año. De tan inclasificable, este disco nos propone rendirnos a su sola existencia. No importa en qué batea vayan a ponerlo las disquerías (si es que siguen existiendo), importa solamente que comprendamos que hay aquí una orfebrería puesta al servicio de que podamos escuchar una colección de melodías que sean tan nuestras como de su creador, dotadas de la energía única de aquel que las dio a luz.

Claro que “Cuerpo De Luz”, amén de uno de los puntos altos del disco, no es lo único que hay contenido en los cuarenta y pico de minutos que Santiago Vázquez dura en el éter y los muchos más que dura en la memoria. Están los sugestivos ritmos latinos y la enamoradiza lírica de su continuación directa “A Mi Lado”, también dotada de unas cuerdas que acentúan el carácter irrevocablemente romántico que sugiere su título; está la sugestiva “Rozemblat” con una letra que no podemos dejar de pensar que es autobiográfica; está la preciosa “Si No Viste” que nos da la que es seguramente la cita del álbum con sus palabras de apertura "si no viste mi llegada eso es porque yo ya estaba escribiendo esta canción en el aire" (hay algo con la metamúsica, esa canción que habla de la canción, que siempre nos seducirá); hay otra canción de amor que se llama simplemente “Ella” y es la amalgama perfecta entre el ánimo pianístico de la composición general del disco y su impronta percusiva…

Santiago Vázquez es tan polifacético como su creador, tan único como la obra que año a año le va dejando a la música popular argentina contemporánea, una que quizás le pase por los márgenes a muchos pero que no deja de estar entre las que deberían preponderar a la hora de darse un panorama comprehensivo de lo que pasa en nuestra tierra. Lejos está de ser un álbum fundamental, mas no de transformarse en un importantísimo escalón en un corpus que sí lo es, otro momento donde la obra se acerca al pueblo sin más pretensión que ser parte del corazón de su creador en forma de canción buscando la oreja y el alma que puedan servirle de complemento, que la hagan un poquito más eterna.

Sólo hay que abrir el propio corazón para dejarse conectar con el de alguien así. No es tarea fácil, pero es de las que más recompensas trae, se los aseguro.