Por Emmanuel Patrone
Hace cuatro años, el conjunto de Nueva York Battles confirmó con su disco debut Mirrored que en una década fértil para los proyectos que el mundo del periodismo de rock llama “indie”, había espacio para esbozos inclasificables, en los que la técnica está un peldaño más arriba de la búsqueda de la melodía perfecta, de la exhibición del sentimiento desnudo y de los rasguidos de guitarra nostálgicos de una era más básica. Los encasillaron dentro del math rock, ese submundo tan difuso de sonidos procesados y estructuras enredadas.
Sin embargo, había algo en Mirrored que diferenciaba al grupo de otros proyectos instrumentales similares. Se sentía un dejo de alegría, de total liberación, aunque efectivamente cada nota y compás estaba debidamente calculada. De allí que haya salido Atlas, un single tan absurdo como pegadizo, una canción pop que parece transmitida desde otra galaxia por extraterrestres con ADD.
Casi un lustro y con un integrante menos después (Tyondai Braxton, considerado parte importante del sonido de los primeros EPs de la banda como de Mirrored), el segundo álbum de los norteamericanos, Gloss Drop, se enmarca dentro de los límites establecidos en Mirrored, con el mismo virtuosismo matemático y soniditos repetitivos. Y es por eso que la ausencia de Braxton no se nota: el trío restante sale airoso del desafío. Por esto, no sorprende que en Gloss Drop se metan en incursiones instrumentales complejas pero altamente satisfactorias, como Futura, Inchworm y Wall Street. Entretienen hasta en piezas instrumentales más breves, como con el sonido metálico y vagamente caribeño de Dominican Fade.
Más allá de que las composiciones instrumentales acaparan más de la mitad del disco, las piezas cantadas por intérpretes invitados (el príncipe del electro-pop Gary Numan, el chileno Matías Aguayo, Kazu Makino de Blonde Redhead y el fundador de Boredoms, Yamataka Eye) resultan ser las que más brillan en el firmamento de Gloss Drop. Ice Cream, el primer single, se vale de un mantra contagioso cantado en español por Aguayo (“Como un helado derritiéndose”) y superó a Atlas como lo más cercano a una canción pop que Battles hizo en su carrera; Sweetie & Shag, hechiza con un riff de guitarra circular y una performance audaz de Makino; y Sundome, el tema en el que hace su aporte Eye le da un cierre desconcertante a Gloss Drop.
Lo que aporta este segundo álbum de Battles es otro necesario sacudón para los que piensan que el rock cerebral y técnico no puede ser eficaz sin ser frío y distante. Gloss Drop demuestra, al mismo tiempo, que el rock experimental de delantal y púa en mano puede irrumpir -si lo desease- en cualquier pista de baile.
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