Por Emmanuel Patrone
Las Kellies es una de esas bandas que uno contrataría sin titubear para que toquen un par de temas para amenizar una fiesta. Probablemente habrá algún invitado que trate de boicotear el acto, alegando –como buen talibán del virtuosismo- que esas chicas que están cantando en el escenario improvisado en el living sobre un “perro rompebolas” no saben tocar sus instrumentos. Hasta es posible que otro se sume a esta muestra de animadversión señalando lo ridículas que se ven con sus disfraces idénticos. Pero algo es seguro: todos, consciente o inconscientemente, estarán moviendo la patita.
Cuarteto convertido en trío y seguidoras del patrimonio ramonero de bautizar a sus integrantes con el mismo apellido, Las Kellies concibieron en sus dos discos de estudio anteriores -Shaking Dog (2007) y Kalimera (2009)- garage desprejuiciado con pinceladas de post-punk, vibrante y animado. Aunque esté formada enteramente por chicas, no se siente una necesidad por revalorar lo femenino como agrupaciones similares encasilladas en el género riot grrrl: lo suyo es puro regocijo espontáneo, sin demasiadas vueltas. Colgarse la guitarra, enchufar el cable, hacer un poco de ruido y que la gente se mueva. Con esta filosofía a cuestas, era de esperarse que la música en poco tiempo vaya de responder el llamado de la naturaleza punk a adoptar el groove de las pistas de baile.
Su tercer disco, titulado simplemente Kellies, no es sólo su álbum más bailable y con el que tímidamente están recibiendo atención en el extranjero (aunque ayudó también que hayan pasado bastante tiempo sobre escenarios europeos), sino en muchos aspectos es el más pulido, el más “serio”. Esas comillas rodeando “serio” son fundamentales, porque en general las chicas no le temen a caer en el chiste, y por algo salen canciones como Bling Bling (Tom Tom Club deberían estar orgullosos) y aquella sobre el perro rompebolas que se señalaba al principio, llamada… sí, Perro rompebolas, en la que aúllan con desesperación canina y pulso garage. Continuando esta senda juguetona, también siguen explotando su costado políglota, con temas entonados no sólo en español y en inglés sino también en japonés (Totsunootoshigo), portugués (Um dia no Brasil) y francés (Suffisant).
Pero volvamos: si por algo es su disco más “serio” hasta el momento es por su consistencia sustancial. El disco está marcado por bases de bajo funky simples y repetitivas, voces y coritos que dialogan, guitarras salidas de la escuela de Gang of Four, un vibraslap que se cuela en varios pasajes y una prodigiosa capacidad para desparramar ganchos, unos tras otros, de manera económica. En media hora, Las Kellies musicalizan divorcios (Keep the Horse), rinden tributo a ESG, otro clan de chicas descaradas y obvia referencia del conjunto (el cover Erase You), aceleran un par de revoluciones (Hit It Off) y sorprenden con un par de piezas instrumentales (en especial Adwenture, que, siguiendo con el name-dropping, recuerda a Public Image Ltd., el vehículo post-Sex Pistols de Johnny Lyndon; y Bife dos, con su torpe e infecciosa línea de teclado).
Si andan buscando algo que suene novedoso e innovador, probablemente estén perdiendo el tiempo. Pero para el resto, el tercer disco de Las Kellies cumple con el objetivo de sacudir la modorra de la rutina diaria con 14 canciones entretenidas y difíciles de no querer. En ese aspecto, entonces, no habrá decepciones. Porque si hay algo que aprendimos de este grupo de muchachas en estos años es que con ellas –y como diría cualquier trailer cliché de película cómica de vacaciones de invierno- la diversión está asegurada.
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