Por Juan José Méndez
Peces en el agua, pájaros en el cielo, hombres en la tierra y galaxias que giran más allá. El imaginario de Hitoploxus (2011) -título y alter-ego- pregona la naturaleza viva. No es casualidad que Bariloche, la hermosa ciudad que lo gesta de alguna u otra manera, desembarque con este disco sus imágenes multicolores sobre el asfalto de Buenos Aires.

Originalmente baterista, Carlevaris despliega como nadie su instrumento madre en diez hermosas canciones que -con letras que acompañan a su musicalidad- dan forma a un álbum debut sólido como la tierra pero extensamente fluido como el mar.
Peces nos guía del río hacia el mar desde el inicio, siendo la batería el instrumento primordial para los sonidos de Hitoploxus (2011) y las capas rítmicas de guitarras el oleaje que distribuye las notas a través de una inmejorable base. Novo Ranch continúa con dicha marca registrada y deslumbra hacia el final con un leve cambio de atmósfera y un arpegio digno de los últimos temas de Radiohead (una de las bandas extranjeras más presentes en este primer trabajo de Carlevaris).
Las “ilusiones modernas que transmite nuestra ciudad” son bellos ecos nostálgicos en Desiertos -acaso la canción más melancólica del disco-, cuyo final de guitarras distorsionadas brinda, al igual que el tema anterior, un cierre notable. Hombre De Tierra recorre la misma temática que su antecesora, aunque esta vez con un colchón de bajo inteligentemente acentuado, dando forma a una trova que tranquilamente podría catalogarse como una nocturna canción pop, mientras que 23 Olas acerca cierta lírica y melodía a bandas como Onda Vaga con ecos finales exquisitos.
Hacia la mitad del disco, la única canción completamente instrumental de Hitoploxus (2011), Nubes, revuelve el sereno ritmo folk de una manera en que llegamos a resignificar a este talentoso multi-instrumentalista creador de verdaderas atmósferas sonoras. Cuatro minutos después, Descubrir regresa en el comienzo al ritmo crudo de la batería para luego, con unos giros vocales y de guitarras en particular, resonar al primer Babasónicos.
Hacia el final, Time -una acelerada y hermosa balada power pop cantada en inglés- nos hace bailar con un ritmo pegadizo que Waiting (con estribillos también en inglés) hace girar en una dirección diferente, para luego concluir en la potente despedida folk Soleado, devolviéndonos una armonía de guitarras combinadas y una frase que resuena y resume el deseo detrás del concepto de este álbum: “No olvidemos la naturaleza y todo lo que da”.
Carlevaris nos regala con su debut algunas de las más bellas melodías sobre -y acerca de- nuestro suelo. Desde la elección de la portada (obra de su abuelo, el artista plástico Luis Alberto Bianchi) hasta los gloriosos cierres de la mayoría de su decena de canciones, despertamos del estupor, contemplamos las aves, los peces, los insectos, y dirigimos la mirada más allá del mar, hacia el horizonte, cuya inexistencia sólo puede ser conocida a través de estas -nuevas y frescas- melodías.
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