Por Martín Tejada
Revestida en un manto penumbroso, Lykke Li transmite desde la portada de Wounded Rhymes una sensación de asfixia y oscuridad que sólo colma el costado doloso que se anticipa desde el título. Porque a pesar de las penas en blanco y negro la intérprete sueca saca a relucir el pulso de canciones que, de ser colores, romperían con lo monocromático… aunque sin caer en el pop de arco-iris manufacturado.
Había que volver a dar la cara, tras el celebrado debut con Youth novels, el suceso repentino y la suerte de fetichismo creado alrededor de su figura. Y la muchacha no sólo estuvo a la altura de las circunstancias, sino que enriqueció su fórmula de art-pop elegante, recostada sobre el comando de Bjorn Ytling (Peter Bjorn & John) en la producción. Sin grandes artificios, Lykke Li recurre a su ADN escandivano encanta-serpientes desde el inicio de Youth Knows No Pain, alimentado por percusiones tribales y una línea de órgano vintage, que arenga a jugársela un poco ahora que todavía somos jóvenes.
Y a pesar de que la naturaleza del disco se hamaca entre un sonido espeso y grandilocuente (con puntos salientes como Rich Kids Blues) y una contraparte despojada, al borde del minimalismo (I know places) el equilibrio y la manera en que ambas caras se fusionan en un solo espiral construyen el encanto del álbum.
Incluso en los momentos que buscan guiñarle un ojo al mainstream (Get some) Li mantiene una coherencia sobre los distintos terrenos, valiéndose de una voz que sin ser técnicamente gigante es, por momentos, empleada magistralmente. Y sobre todas las cosas resulta creíble por encima de las poses y los manifiestos despechados.
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