Por Nicolás Miranda
Buenos Aires puede dormir tranquila desde el martes 13 de diciembre a la noche. Una leyenda más ha cancelado su deuda con la ciudad, ofreciendo un recital notable que permanecerá en la memoria de sus admiradores. El guitarrista, cantante y miembro fundador de The Byrds, Roger McGuinn, pasó por la ciudad para recordarnos porqué sus canciones fueron -son- necesarias y cómo debe hacerse para merecer un lugar entre los trovadores legendarios del folk estadounidense.
En un Coliseo expectante, que albergó a un público en líneas generales por encima de los cincuenta años vistiendo remeras de grupos y solistas de hace medio siglo, McGuinn ofreció un show íntimo y estupendo, armado sólo con sus guitarras acústicas y la legendaria Rickenbacker de doce cuerdas que él (junto a un tal George Harrison) haría un ícono de su época. Cuando a eso de las 21.30 se escucharon los primeros rasguidos de My Back Pages y Mc Guinn salió detrás de las cortinas para enfrentar el micrófono de pie, se notó la poca correspondencia entre la solemnidad del público y la comodidad y soltura del artista.
Tras el saludo de rigor, daba la impresión de que McGuinn estaba efectivamente en el living de su casa (la sobria puesta ayudaba a la sensación: mesa, silla, vaso de agua, algunas plantas y ya). Para un músico que puede jactarse de haber sido admirado por la plana mayor de sus contemporáneos (Bob Dylan, Harrison, Gram Parsons, Lou Reed y Sterling Morrison le rindieron pleitesía), su semblante es extremadamente humilde. Sentado de frente a la audiencia, aprovechó para hacer lo que dijo que más disfruta, aquello que los hombres de tradición saben hacer: cantar canciones y contar historias. Así desfilaron The Ballad of Easy Rider (encargada a Dylan por Peter Fonda pero rechazada por éste porque “Roger es el hombre que necesitas”, imitación dylanesca incluida), Mister Spaceman (“la primer canción de space-country de la historia”), Pretty Boy Floyd, de Woody Guthrie, You Ain’t Going Nowhere de Dylan (ambas de ese gran disco que es Sweetheart of The Rodeo) y Drugstore Truck Drivin’ Man, compuesta con Parsons “sobre el DJ que no pasaba las primeras grabaciones de The Byrds” en la California de los tempranos sesenta.
El amor que McGuinn expresa cada vez que puede hacia las formas folklóricas de su país (country, bluegrass, blues) lo llevó también a versionar a Leadbelly, Cab Calloway, Pete Seeger o canciones tradicionales como el St. James Infirmary Blues. Entre estas citas, demostró ser dueño de una versatilidad admirable: puede ser romántico como en Russian Hill o You Showed Me, encontrarle vueltas inesperadas a clásicos dylanianos como All I Really Want to Do y Chimes of Freedom o ir hacia el virtuosismo en la increíble introducción al clásico Eight Miles High, que heló el Coliseo mientras duró con su mezcla de raga india, ejercicio modal à la John Coltrane y el flamenco de Andrés Segovia.
Luego de una breve pausa, y mientras el público iba soltando el excesivo respeto que podía confundirse con frialdad y se animaba a gritar algunos pedidos y expresiones de admiración, McGuinn repasó su último disco solista, también algún tema del exitoso Cardiff Rose (Jolly Rose) y dos gemas del fallido musical Gene Tryp: Chestnut Mare y Just a Season.
Para el final, la tremenda seguidilla de Mr. Tambourine Man, Eight Miles High y Turn Turn Turn dejó paso a la entrada de Charly García, ferviente admirador, junto a un inaudible e invisible Fernando Kabusacki. Este trío pasó por una versión bilingüe de Feel a Whole Lot Better/Me siento mucho más fuerte, So you Wanna Be a Rock n’ Roll Star y Knocking on Heaven’s Door, aunque difícilmente fue lo mejor del show, debido al notorio contraste entre la dulce y armoniosa voz de McGuinn y sus preciosismos guitarrísticos, con la cascada garganta de García –con olvidos de letras incluidos- y una elección cuanto menos polémica de sonido ochentoso en sus teclados.
Sin embargo se trató de un espectáculo inmaculado que dejó la sensación de privilegio en los presentes y donde el ex-Byrds dio prueba de que su voz angelical tiene un color aún más cálido que en su juventud, que su destreza instrumental ha ido creciendo con su carrera y que sus canciones están inmunizadas contra el olvido. Si es cierto, como dijo en una entrevista reciente, que el folklore lo atrae por ser la forma artística más perdurable, a los 69 años demostró que el cuerpo de su obra está a la altura del de sus héroes y ya forma parte del mismo acervo.
Fotos: Anita Filipponi
Tags: Roger McGuinn, The Byrds






