Por Emmanuel Patrone
Después de unos segundos de feedback, la voz de Chivas Arguello -cantante y guitarrista de normA- irrumpe febrilmente dando inicio a Fetal: “Un sonido nuevo para comunicarse”. Y de repente se unen todos los instrumentos y, como si fuese el resultado de una explosión de riguroso planeamiento, transportan al tema dentro del torbellino autodefinido como “rock 2 tonos” made in La Plata. Pero ese “sonido nuevo” sobre el que canta Arguello es algo que se conectar a lo que ofrece a (así, en minúscula), el tercer disco de este cuarteto de la ciudad de las diagonales.
Ya desde sus anteriores creaciones se puede deducir la fascinación de la banda por la simpleza. No sólo desde lo musical, en donde se considera más pertinente colgarse en dos o tres acordes y repetir versos impenetrables e irónicos ejecutados robóticamente de principio a fin que encauzarse en estructuras embrolladas, sino, al mismo tiempo, en la forma en que titulan sus temas (más de una palabra es pecado) o en la duración acotada de las obras.
En a, normA sigue firme en su ley, aunque buscando más que nunca exprimir y servir ideas para servirlas en frasco chico. En otras palabras, hacer con lo sencillo, con lo simple, algo lujoso. Ya nombrar a Wire en la misma oración que a normA es casi un cliché (si hasta le dedicaron al grupo británico el tema Cable, incluido en su segundo álbum), pero es en esa exploración de la riqueza a partir de la sencillez que la banda comandada por Colin Newman exhibió sobre todo en sus tres primeros discos donde se pueden encontrar los más claros antecedentes de lo que se escucha en a.
Las incondicionales detonaciones de “punk expresionista” de menos de dos minutos que desfilaban en los trabajos anteriores dicen presente en a. Y cumplen con creces, hasta tal punto que dos de ellas, Grises y NDI, son de las canciones más pogueables de la discografía de normA. Pero son apenas aperitivos comparados con los instantes más interesantes del álbum, en los cuales la banda, sin realizar cambios verdaderamente drásticos, demuestra con elegancia su intento de expandir su menú sonoro. Y entonces los climas se enrarecen, con un montón de guitarras amontonadas prolijamente en constante diálogo con el bajo y la batería o un moog generando tensión (como en Pañuelo, una de las canciones más originales jamás grabadas sobre familiares de desaparecidos).
También existe una tendencia a dejar que los temas se desplieguen con soltura, aunque sin llegar a estirarlos innecesariamente. Canciones como Rosa, Freezer o, fundamentalmente, Mentes (en la que colabora el conciudadano y leyenda del under Gustavo Astarita) son perfectos ejemplares de que no sólo en la urgencia arty y controlada los normA se sienten cómodos. Y si en esta “situación de mentes que están cambiando”, el cuarteto demuestra tales destellos de madurez, no podemos más que aguardar entusiastamente –como ha sido hasta ahora- sus próximos pasos.
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